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ÁTICO por Eduardo Aguirre.

Uno nunca sabe si hoy se encuentra aquí, y mañana quién sabe, la vida es un soplo efímero, un continuó flujo existencialista en el que somos quizá un evento en el universo, una incógnita,  un átomo del cuerpo de Dios que gira en el cosmos que constantemente se crea y se destruye para volver a crearse.

Y es de creación de lo que quiero hablar en estos días en que, dos creativos; uno de las artes visuales: el pintor Jesús Machorro, y, de la literatura, un servidor, pues de repente la salud pega sustos.

Y es admirable que Chucho resista y se enfrente a las adversidades que, no sé por qué razón, suelen acompañar a los artistas en su vida.

Los dos al mismo tiempo en distintas circunstancias, como una de esas novelas en que los destinos cuelgan de un hilo, y los personajes tienen la alegría y el drama conjugados.

Como tanto entusiasma a uno y el otro prefiere un destino incierto, lleno de incertidumbre, como lo que describían los escritores rusos, personajes tan humanos como extraños en sus reacciones, inexplicables para ellos mismos, aunque vaya de por medio todo el sentido de la existencia misma.

Y si hay sentido común es el de Jesús Machorro, que expresa rasgos de cristiandad en sus pinturas, prodigiosamente elaboradas con la boca.

Pues lucha por sus espacios y su integridad sanitaria, desde su mundo de incontenibles imágenes y bellas postales; en sentido contrario, el otro es un caparazón de tumultuosa carga tan interior que pone en riesgo todo sin mayor cosa que la cosa misma.

En fin, amigos del Ático, que han sido días duros. Yo elogio y doy enhorabuena al gran Machorro, en coincidencias afines y gusto por las artes. Saldrá adelante de una batalla más,  estoy seguro. Ya lo está logrando.

Y yo, no lo sé aún, miro desde la ventana del Ático caer el atardecer y pienso si ya viví demasiado.

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