Ático por Eduardo Aguirre.
Un vistazo al país y pura mortandad se mira. Cementerio gigante. Que por más que uno quiera hallarle el lado amable a las noticias, nada. Me ausenté unos días del Ático, vuelvo, y me encuentro nuevas malas, ahora con el homicidio de un guía de turistas y unos misioneros jesuitas allá en Chihuahua.
Y uno dice, qué pasado anda esto, ¡ay, chihuahua! ya no queda nada de moral. Hay que darse cuenta que son tiempos apocalípticos en México, donde todos los días se agregan nombres de víctimas al mausoleo gigante en que se ha convertido.
Para ponerle cereza al pastel de las lamentaciones, un connotado abogángster cuyo nombre prefiero olvidar, persona de la tercera edad, violento y presuntuoso, decide poner fin a la vida de su jovencita esposa de 21 años, artista vernácula reconocida. En pleno restaurante de Polanco. Así, sin más, desenfunda su poncalacas el míster este y nomás’ tres tiros le dio a la mujer, cegándole la vida. Qué poca máuser. Las cosas que se ven hoy en día.
En un lapso de pocas horas, nobles y humildes religiosos y una prometedora cantante caen abatidos por las balas en el país de los muertos.
Y uno se pregunta, en medio de tanta desgracia, por qué sucede todo esto. Si se tiene fe, hay respuestas. Y, si no se tiene fe, hay incertidumbre. La Biblia explica que son cosas que por dolorosas que sean tienen que suceder. Han sido anunciadas proféticamente. Y para muchos intérpretes de las escrituras, se trata del inicio del fin de los tiempos. Otros cristianos aseguran que ya estamos en el fin de los tiempos. Como sea, se pondrá peor el porvenir. Ya que acudimos como testigos históricos de nuestra era a la pudrición ética de los tiempos, en nuestro caso, al tiempo mexicano. Y no, no estoy hablando de sistemas o gobiernos. Me refiero algo más profundo, tan profundo y tan hondo que no es posible explicarlo más que con la espiritualidad misma. Cuando las instituciones del estado se han visto rebasadas de tal magnitud, es que hay algo que sobrepasa los límites de la razón. Ahora ya resulta natural que la impunidad ande tan campante como si nada. Se trata de la muerte misma que porta no su guadaña de antaño sino su metralleta. Se ha sofisticado la calaca. El maligno se ha instalado en el alma de muchos compatriotas que actúan bajo sus órdenes y que, ciegamente, extienden sus imperios de odio y sangre entre los mortales. Está logrando, ciertamente, como cita la profecía, perder el temor a Dios, lo cual es grave desde una perspectiva teológica. Es por eso mismo que el estado no termina por resolver la seguridad, pues se ha legitimado la violencia y la inseguridad en poblaciones enteras de la nación que viven esclavizadas. El discurso del crimen se promueve hasta en la música que se escucha en una simple combi del transporte público.
Hay una combinación de incredulidad y falta de fervor espiritual en quienes actúan en contra de sus semejantes. El abuso moral tiene rato de haber sido institucionalizado, mediante el consumo y distribución masiva de estupefacientes que envilecen las conciencias y abre los caminos donde las legiones del príncipe caído se precipitan sobre la humanidad.
Y si de precipitaciones hablamos, aquí todo se precipita al llamado pecado, y que son actos opuestos al bienestar del alma como lo son: la ambición, la codicia, el homicidio, la lujuria, la perversión, la burla hacia Dios, la idolatría a entidades oscuras, etc.
Si uno bien se fija, y no es casual, de aquí se desprenden las masacres que hoy padecemos en distintos lugares, el aumento exponencial del feminicidio, la trata de personas e infantes, el maltrato familiar, el sicariato, los atentados a ministros abnegados, los cultos profanos, las adicciones, etc; ya bien citan las escrituras quién es el príncipe de este mundo.
Pero sólo se le concedió poder por un tiempo.
Tiempo que, como ya vemos, trata de aprovechar al máximo y mientras pueda hacerlo, antes que la batalla del Armagedón se cumpla.
Claro que estas son teorías a falta de respuestas. Si Ud. se pregunta por qué suceden tantas abominaciones, sin irse lejos, en su propia ciudad, yo le acerco una respuesta teologal. Respuestas que no dan las autoridades competentes en el ramo por que no las hallan, están coptadas, amenazadas, son cómplices o simple y llanamente no sirven para nada; o peor aún, una mezcla de todo lo anteriormente descrito.
Ahora que si Ud. no es creyente y de plano no cree en nada, como quien dice, ateo. Pues, muy respetable postura. En este caso habrá que esperarse a sentar lo que pase e inútil encontrar las respuestas. Daremos por hecho que la humanidad y esta Nación en particular se jodió para siempre y no tiene remedio, que, la mezcla salió mala, y será hasta que termine de implosionar la espiral de violencia que se expande más y más y luego quién sabe qué más pase, o hasta donde lleguemos.
O, como dice nuestro apreciado y afamado cantautor michoacano.
«A dónde vamos a parar».

