Columnistas

Ático: por Eduardo Aguirre

Han pasado los días de la pandemia y la era del cubrebocas vive su «destape». Cada vez el tema del coronavirus Covid19 se va alejando más, y volvemos a mirarnos las caras como antes del 2020, tal si asomaran las almas también. Y aunque no parezca notorio hay algo que cambió, nos hizo diferentes; tal vez algunos salimos rasguñados con este virus, aún ignoramos si algunos lo padecimos y luego nos hizo chicle. O nos pasó amolar algún órgano, a dejarnos más flacos por lo mismo, si la cosa ésta se aprovechó de algún mal crónico y nos lo dejó más gacho. No lo sabemos del todo. El caso es que muchos se vacunaron y solo el tiempo dirá si no resulta ser el experimento mundial del Doctor Jekill y Míster Hyde. Y al rato anden todos como los zombis de Sahuayo. Quién sabe, a ver qué pasa con los cuerpos dentro de unos añitos más.

Por ahora se vive el destape y hay corazones felices que salen con todo a las calles, que luego de tanto encierro salieron a desbocarse como los puercos que despeñó Jesucristo al lago de la Galilea, poseídos de demonios expulsados. Y no estoy exagerando. Porque ahora mucha gente habla y estornuda a diestra y siniestra, hace su desmadre y va salpicando por todas partes sus gotas. Así nomás. Ya en el transporte público volvemos a mirar los lindos rostros de las chicas, lo mismo en el supermercado, en los cines, extrañaba uno esa parte coqueta y sensual del asunto. Pues con tanto cubrirse las caras parecíamos musulmanes de los países islámicos, aunque no dejaban de verse atractivas y enigmáticas las guapas. No cabe duda que habrá quienes echen mucho de menos al cubrebocas, pensando que se veían mejor así, también tiene su lado melancólico el tema.

Aquí la cosa es que los cubrebocas se convirtieron en un símbolo del siglo veintiuno, en escudo e imagen de nuestro tiempo. Y en objetos artístico estéticos, dada la gran variedad en sus diseños e ilustraciones. El cubrebocas fue una prenda de vestir más que nos obligó a regresarnos a la casa cuando nos dimos cuenta que no lo traíamos puesto como los calzones y trusas. Es un alivio ya no angustiarse tanto por estarse regresando cuando apenas llevamos de unos cuantos metros hasta cuadras enteras del hogar. Un verdadero suplicio. Llegó a ser una identidad básica, sin la cual uno era menos que nada. Tuvo importancia notable e insólita.

Pero yo sí quedé hastiado de esta salvadora prenda que a muchos debió causarles hasta caspa en las barbas. Espero no volverla a usar en lo que me reste de añejos, pero uno nunca sabe.

Por lo pronto, les deseo ¡salud y buena fortuna! en lo posterior, a cuidarse mucho y a darse abrazos y no balazos.

Y a portarse bien, de lo contrario, diremos al Presidente que los acuse con sus abuelitas.

¡Abúr!

Va que va.

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