Columnistas

Ático por Eduardo Aguirre

Aquí estamos ya en el Ático de la profecía rulfiana en el país de los muertos, del país de las almas en pena que andan en el mutismo secreto, allí donde se vivieron tantos horrores que ni los fantasmas quieren salir, allí donde la perdición fue desconsuelo, el país de las matanzas, país de potentados exterminadores, donde los rumores escurren de las paredes de tierra, donde las tumbas clandestinas estremecen la carne del sueño, donde las voces agrias del pecado nos hablan lánguidas desde ultratumba por que algo nos quieren o intentan decir… El país de las almas en pena, vagabundas y errantes. País de los vehículos y tiendas  incendiadas, olor a muerte en el aire, crímenes a plena luz del día, gritos de horror en el pánico de los infiernos, vertedero de las sombras en el lecho del sicario. ¡Ay, Agripina! ¡Agripina! ¿Qué país es este, Agripina? ¿Por qué tanto dolor y terror desatado? ¿En qué lugar y momento comenzó todo esto? Pronto seremos un páramo yerto, un hueco entre las casas abandonadas, una raíz podrida en el filo de las grietas. Nos estamos derrumbando como un montón de piedras, cada vez más y más. Mire, usted que va para allá, confirmará pronto lo que le digo. México es Luvina, el lugar de la perdición. Pronto corearemos ¡Viva México! preparándonos para llorar un desaparecido, o a una muerta, preparándonos ¡Viva México! para esquivar la bala clandestina, evitar el atraco impune, preparándonos ¡Viva México! para huir a tiempo del sitio equivocado, preparándonos ¡Viva México! para estar a tiempo del perdón de los pecados. En Luvina no habrá nada, no habrá nadie, solo ese viento en tremolina subiendo de las barrancas. De los cerros altos del sur el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. La blanca niebla lo cubre permanentemente como la bruma de la muerte ¿qué pasó aquí? ¿qué cosa tan tremenda habrá pasado que ni los muertos quieren hablar? Están allí, con sus dientes molenques sobre los dientes quebrándose al sol, y no dicen nada, te dará la impresión de que callan muchas terribles cosas.

Y, sin embargo, luego de ver tanta desolación, que hasta dónde llegaremos, quizá en algún momento preciso, diamantino como la piedra  anhelada, luego de la voraz tormenta de arena que nos va envolviendo, de las más abyectas e inimaginables aberraciones. Quizá levantemos ánimo para luchar contra la adversidad, algún día que el pueblo triunfe sobre la muerte. Pues el profeta literario dejó su obra para ser interpretada y, en lo posible, encontrar el camino correcto que nos lleve a la salvación. El profeta que bajó hasta los abismos del purgatorio de Comala, aquel de quien le dijeran a Clarita Aparicio, su esposa: Hija, tú no te casaste con un hombre. Te casaste con un fantasma.

Clara se había casado con el profeta que advirtió del futuro de México en pronto tiempo. De su pluma y letra escribió el sendero de las visiones que hoy nos asolan como sociedad que clama paz y justicia.

Y, sin embargo, decía, hallemos como la aguja en el pajar la fórmula exacta. La cual, por ahora no se mira, en medio de tanta y voraz violencia de los días:

Hay esperanza contra nuestro pesar.

¿Dónde? ¿cuándo llegará, profeta?

Hasta entonces gritemos por ahora en silencio ¡Viva México! Por que México aún espera redención, aún espera ser regenerado, aún espera ser transformado y alcanzar la cima de la esperanza.

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