Ático por Eduardo Aguirre.
Tremenda golpiza se llevó la alumna de la Secundaria Federal 4 «José Guadalupe Salto», que al ingresar al aula de su plantel educativo fue cobarde, alevosa y arteramente agredida por sus propios compañeros quienes, además, la golpearon con las bancas del salón. Bola de encimosos. Estamos hartos de los casos de Bullyng en las escuelas y la ausencia total de autoridad por parte de directivos y maestros, también de muchachos que lejos de haber dejado atrás su indómito salvajismo en la contigencia pandémica, regresaron cual horda de orangutanes a fastidiar al prójimo. Sabemos, hasta donde la información es posible, que la pobre chica se debate entre la vida y la muerte. Tan grave como la misma gravedad en la salud de la alumna, es que las autoridades responsables traten de minorizar el hecho e intenten revictimizar a Johana Camila, nombre de la joven víctima. Pues que pésimo mensaje lanzan las escuelas de educación secundaria, de que cualquiera pueda infringir el íntegro respeto al semejante sin tomar cartas al respecto. Cuál es el temor de hacer valer el peso de la orientación vocacional en estos casos, que dejan mucho qué desear las instancias educativas cuando aflojan el carácter para sancionar a los responsables de tanta barbaridad.
Uno pensaría que la gente ha reflexionado en vivir un mundo mejor tras el encierro de días enteros en contingencia sanitaria, pero nos damos cuenta que habría huelga de comportamientos de primates australopihtecus, y se nota que sí salieron a trabajar.
Estos casos resultan indignantes en la sociedad cuando, supuestamente, pretendemos que cohabitamos con personas que tienen un mínimo de civilización en los genes.
Por desgracia, la espiral de violencia que sigue con mayor voracidad envolviendo a México, ya invade hace rato las esferas escolares. En las cuales no parece haber voluntad para enfrentar el problema, generando, de esta manera, que el tejido de un ambiente sano de convivencia escolar se descomponga y se pudra, al final del día.
El descuido, la falta de atenciones, la desintegración ética y moral en el seno de muchas familias, y el avance progresivo de las malas costumbres al seno de las conductas, está deteriorando los valores sociales, suplantando una interposición de rectas disciplinas por ajenas y lacerantes, que, incluso, se comienzan a ver con horrenda normalización.
Es verdad que en las escuelas no necesariamente se educa, se instruye; y que es, efectivamente, en los hogares donde se educa. Sin embargo, no por esta razón la escuela debe ser omisa con los actos negativos en el plantel, sobre todo tratándose de casos que competen a los temas propios de la pedagogía. Donde se tiene entendido que laboran los mejores profesionales para atender el asunto.
No queda más que desear que la escolar Johana salve con bien su vida, e incidentes de esta inaceptable naturaleza no continúen repitiéndose así en los centros de enseñanza del estado y de la nación. Por que, entonces ¿qué tipo de personas se está inculcando en el educando? Así mismo las autoridades abocadas en esclarecer este nefando acontecimiento, lleguen a la mejor conclusión, se deriven responsabilidades y la secundaria contribuya en colaborar a revisar y reforzar la estructura pedagógica de su alumnado.
Y por último, a ver cuando terminan de una vez las obras inconclusas que les heredan de un gobierno a otro y pagan los ciudadanos. Como ese tramo vial, ahora de la salida a Mil Cumbres, donde el tráfico en horas pico es desesperante. Si no se va utilizar recurso propio para lo que fue etiquetado, pues no hacer nada innecesario mejor. Para que hacerse pasguatos. Y creando caos vehicular.
En fin, pobrecito estado, mire ‘nomás’ las cosas que siguen pasando, y yo aquí mirando desde el Ático pero no crea Ud. que todo es comodidad. Uno también se siente impotente a veces con tanto abuso que hay; así es que lo único que nos queda es decirlo, para que las cosas se sepan y se forme opinión. Ya que hablando también se lucha, y uno se compromete a ser testigo de su época.
¡Que, venga y va de nuez! Decía el queridísimo Dr. Abdiel López Rivera:
Ya no hay moral. No hay moral.

